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viernes, 7 de septiembre de 2018

Despedida con carta previa de aviso


Despedida con carta previa de aviso

Lo último en lo que piensa uno al conocer a alguien es en terminar escribiendo una carta de despedida.

Mi querido 18 de noviembre. Tienes aquí presente a ese otro yo que recuerda entre suspiros todo lo que fuimos. Y por cuestiones de desajuste ese otro yo, viene a despedirse con la mano en el corazón. Y digo desajuste porque si acariciamos a la sinceridad, nuestros pasos estaban coordinados a destiempo. Nunca supimos seguir el ritmo de crecimiento y avance de la otra. Y si nos la jugamos y decidimos entrar en detalles enseguida sabremos llegar a la conclusión exacta, de porqué ese destiempo.

Teniendo en cuenta todo el camino que hemos recorrido todos estos años, podemos decir que ambas pasamos por baches muy hondos, que al caer nos llegaron a raspar el corazón más de lo que nos hubiera gustado. Ambas tenemos púas clavadas en el alma de tanto abrazar cactus. La diferencia es que a la hora de seguir caminando, mis piernas vienen pisando fuerte y sin miedo de volver a tropezar, porque cada derrota esconde una victoria. Mi alma solo conoce una manera de sacarse esas púas y es sumando experiencias que la hagan sentir viva. Mi corazón solo sabe sanar esos rasguños si decide vendarlos con pasión y ganas de hacer temblar a todo el que se acerque a él, latiendo más fuerte que ayer. Sin embargo, tus piernas son muy conscientes de lo que duele una caída y por eso caminan despacio. Tu alma es de sacar esas púas en base a paciencia y calma no sea que se parta alguna y  quede a medias clavada en ti. Tu corazón sabe que latiendo más fuerte corre el riesgo de abrir heridas. Y no te culpo. Aquí ninguna de las dos tiene culpa de caminar tal y como aprendió.

A pesar del desajuste de velocidad intentamos no soltarnos la mano. Al principio, cuando decidimos avanzar al lado de la otra llevábamos un buen ritmo. Todavía recuerdo entre suspiros de melancolía todas nuestras conversaciones a miradas; todos nuestros ojalás que tanto prometían; toda nuestra ilusión por habernos encontrado, por habernos querido con aquella fuerza.

Pero evidentemente nuestra forma de latir venía avisándonos de que poco duraría todo aquello. Nos acabamos alejando la una de la otra, e incluso desgastando y perdiéndonos a nosotras mismas entre tanto recuerdo de lo que llegamos a ser. Simplemente, tuvimos que ser, pero tan solo los instantes previos a tener que ser sin la otra.

Debo confesarte que he encontrado a alguien sin querer queriendo. Y digo encontrado porque esa mujer camina pisando tan fuerte que mi alma supo sentir como temblaba el suelo a cada paso que daba. Decidí seguir aquellos temblores y me topé con una mujer que le enseño a su corazón sanarse a base de latir cada vez más fuerte. Y para lograrlo camina como si cada día fuese el último y tuviera en la palma de sus manos el comerse el mundo. Esa mujer late tan fuerte que fue llegar y hacerme temblar a mi. Esa mujer es de admirar y querer a rabiar porque otra forma no admite. O te comes el mundo con ella o ni lo intentes porque acabas atropellado.

Fue precioso y un placer encajar contigo en ese plazo corto de tiempo, pero no estábamos destinadas a ser. Y ha llegado la hora de que me despida y acepte de una vez que fuimos eso como a la estrella que nos pedí, fugaces.

Ojalá a base de paciencia y calma, tal y como sabes, sepas alcanzar todas tus metas.

Me despido con todo el cariño y gratitud del mundo.

Hasta siempre.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Fuiste la mentira que me quise contar.


Fuiste la mentira que me quise contar.

25/05/2018

Echo de menos que me beses con la misma pasión como cuando se besa por última vez junto a la delicadeza de un primer beso.

Suspiro profundamente y comienzo a escribir(te).

Tengo miedo de despertarme y no encontrarte a mi lado, y no porque vivas lejos, sino porque comiences a vivir fuera de mi vida.

Tengo miedo de levantarme una mañana y percatarme de que se acabó. Y tener que hacerme los cereales sin cuidar de dejarte un poco porque se que no volverás.

Temo a volver a leer  todas las cartas que me escribiste y pensar “que bonito fue todo” en pretérito perfecto simple del indicativo. Fue.

Tengo miedo a escribirte diciéndote que no estoy bien y me contestes con un corazón y un “últ. vez hoy a las 22.31”

Tengo miedo de leer ese “Aquí, ahora y siempre” que hay marcado en el anillo que me regalaste, que tú también llevas puesto y que ese “siempre” no haya seguido su destino.

Discúlpame, pero no estoy preparada para despedirme de ti. Y que me disculpe la vida, el destino, o lo que te de por creer, pero no pienso seguir sus normas si eso significa separarme de ti.

Tengo que confesarte que últimamente ando muy enfadada contigo. ¿Realmente era necesario que hicieras todo esto? ¿Realmente era necesario que me miraras a los ojos diciéndome que venías para curarme y hayas acabado haciéndome más heridas de las que tenía ya?

O quizás me equivoqué yo y vi en ti alguien que llevo tiempo buscando, soñando.

Tengo miedo de que nunca hayas existido.

Tengo miedo de volver a abrazar el peluche que me regalaste y romper a llorar, por ti.

Amor y mujer de mi vida, tengo miedo a que deje de sentirte como tal, aunque haya comenzado...

Temo a que te vistas elegante y no sea para impresionarme a mi.

Me asusta que no vuelvas a calmarme con tus caricias y que no me hagas sentir en casa estemos donde estemos.

Ahora mismo me aterra la idea de que haya dejado de ser para ti quien era, tu chica de las flores.

No quiero ni pensar pero directamente lo hago. Me refiero a escribirte cualquier tontería tan solo para que hables conmigo.

Me duele pensar que te he fallado.

Me duele y me rompe pensar que prefieras hacer cualquier cosa antes que hablar conmigo. Pero lo entiendo.

Acabo de abrazar a osito y romper a llorar.

Y ya no es que tenga miedo, ya es que he comenzado a aceptarlo.

He comenzado a aceptar que prefieres caminar sin cargas que te frenen, dicho de otra manera sin cogerme de la mano.

Estoy todavía asimilando donde cojones nos acabamos o si quiera si llegamos a empezar.

Pero que no, ¡me niego!

Aunque haya sido por un instante yo sí que te he llegado a sentir muy dentro de mi, tanto que ya andas marcada a fuego lento en mi piel.

Llegaste a hacerme ver el mundo como siempre lo había soñado. Llegaste a sacarme de mis pesadillas para meterme en tu cama y llenarme a caricias que me calmaran la respiración.

Llegaste a quitarme la sensación de vacío, esa que siento desde que tengo conciencia.

Tengo miedo de no volver a cogerte de la barbilla para besarte.

Tengo miedo, joder tengo miedo y no estas aquí para quitarmelo.

Las putas lagrimas no dejan de salir y salir y no estás aqui para calmarme la respiración.

Que te necesito a mi lado, te necesito cogiéndome de la mano y apretándomela fuerte, recordándome sin palabras que no piensas soltarme.

No me sueltes joder, no lo hagas...

Tengo miedo a respirar, y que sea por pura supervivencia, tengo miedo a suspirar profundamente porque te haya perdido.

Estoy llenando la almohada a lágrimas, y no de alegría por tenerte, esta vez es por miedo.

Quiero volver a tenerte tumbada encima de mi en aquella playa donde te pedí que fueras mi chica.

Te encantaba que me mordiera el labio por desearte. Pero amor, ahora es por pura rabia mientras las lágrimas corren y corren.

Jamás tuve intención de alejarnos, jamás quise que acabáramos de esta manera.

He venido a despedirme de alguien que nunca existió pero quizás sí en mi cabeza.

Fuiste por un instante lo mejor que me ha pasado, pero nos quedamos en eso, un instante. Un maldito instante que será recordado por años.

Por un instante llegamos a ser infinitas. Por varios instantes llegué a sentir que pasaría contigo el resto de mi vida pero aquí me ves preciosa. Con las esperanzas perdidas.

Quiero romperlo todo, quemar la habitación donde me confesaste que nada podría separarnos. Quiero romperme a mi, por creerte.

Ojalá pudiera hacer que vuelvas. Ojalá pudiera volver al instante en el que te enamoré. Ojalá pudiera volver a estar sentada en tu sofá mientras sonrío al verte pasar delante mía. Ojalá pudiera volver al instante en el que me confesaste que me amabas.

Ojalá nunca nos hubiéramos roto.

¿Pero sabes algo? Todo ese miedo tan solo se está convirtiendo en un suspiro de tranquilidad.

El amor dejó de ser lo que era desde que yo amaba por las dos. He llegado a mi límite, necesito volver a respirar y que no duela.

Me despido con la mano en el corazón dándote las gracias por haber sido quien fuiste conmigo. Por haberme amado como sabías. Pero debo irme, ya va siendo hora.

02/09/18

No hay cosa que duela y defraude más, que mentirse a uno mismo.

Espero saber disculparme.

domingo, 18 de marzo de 2018

Tú y yo contra el mundo


Tú y yo contra el mundo

De pequeña siempre creí que en mi habitación se escondía una puerta muy pequeña que llevaba a todo un mundo de fantasía alejado de aquellas pesadillas que eran una realidad. A medida que fui creciendo ese pequeño gran mundo pasó a formar parte de mis sueños. Cuando más lo necesitaba de repente me encontraba en las madrugadas soñando con mi refugio donde nadie más que yo. Vivía con miedo y rabia en el corazón, y no es que fueran pocas las veces en las que me imaginé cruzando esa puerta que me refugiara de aquel monstruo que tanto se parecía a mi.

Hubo una vez que caminé durante 10 días a través de inmensos bosques rodeados de un verdor intenso y olores distintos a cada paso que avanzaba. Mientras caminaba sentía que mi yo interior caminaba a mi lado de la mano, sin tenerle miedo a nadie, y sonreía. Caminé bajo una lluvia que dejaba unas gotas preciosas sobre una telaraña totalmente simétrica. Me encontraba lejos de mis pesadillas y temores y eso me hacía sentir libre.

Yo creo que ese ha sido siempre mi mayor deseo. Alejarme de toda esta pesadilla, alejarme de ese puto monstruo que le arrebató la infancia a una niña llena de ilusión. Yo creo que mi mayor deseo ha sido sentirme tranquila.

Vivía perdida y vacía, caminaba por mi vida atada a ese saco lleno de piedras que tenían grabadas en sí a mi pesadilla haciendo de las suyas.

Y en todo ese trayecto, de repente noté la fuerza de una mano que apretaba la mía con todas sus fuerzas, la noté a Ella.

Levanté la mirada para ver quién tuvo el valor de sujetar a una ruina y la vi a Ella, una mujer que en su mirada reflejaba todas las cicatrices abiertas que tenía en el fondo de su alma. Y a pesar de ello me sujetaba con unas ganas que ojalá todo el mundo tuviera la oportunidad de sentir alguna vez. Y entonces supe que estaba a salvo.

Nos fuimos conociendo, me fui enamorando de ella, que reía como una niña y sonreía como una mujer. Me enamoré de su corazón lleno de astillas, por si a alguien se le ocurría acercarse más de lo debido. Yo, que llevo una vida a base de dolor abracé a su corazón con las fuerzas que me quedaban, sus astillas tan solo fueron una caricia. Y desde entonces somos una.

Ella agarrada a mis ruinas y yo clavada a sus astillas.

Y un día, sin darme cuenta noté como ese saco de piedras comenzaba a ser más ligero, y la vi a ella, con su otra mano (para no soltarme) llena de cicatrices abiertas quitando una a una aquellas malditas que llevaban grabadas todo el dolor que me marcó. Cogí su mano, y la miré a los ojos, y eran lágrimas lo que acariciaban mis mejillas. Ella me sonrió y me abrazó de tal manera que de repente me encontraba cruzando la puerta, refugiada de todo temor.

 No me soltaba y yo no quería que lo hiciera. Seguía pegada a mi, y yo cada vez me sentía mas libre, me sentí a salvo, tranquila.

La apreté, escondí mi cabeza en su cuello y sentí el perfume de todas las flores que olí  una y otra vez durante esos 10 días en aquel bosque. 

No me lo podía creer, vi mis deseos hechos realidad en una persona que me sujetaba incluso más fuerte de lo que ella se imaginaba.

A su lado siento mis sueños tomando vida, de su mano siento que puedo caminar con los ojos vendados que ella me guía. Sus labios fueron mucho más allá de besarme la piel, encontraron la manera de quitarle el protagonismo a mi dolor.

Ahora vivo con la ilusión que de niña nunca tuve porque me fue arrebatada, pero devuelta por la mujer de mis sueños.

Ella no es un amor más, no nos equivoquemos. Ella es mi refugio y mi tranquilidad. Juntas sabemos calmarnos los miedos y acariciarnos las heridas sin hacernos daño.

Soy feliz, nunca creía que llegaría a decirlo.

Ya no tengo miedo, ni si quiera se me pasó por la cabeza llegar a sentirme así.

Ella es mi calma y mi tranquilidad.

La mujer de mis sueños…

- Gracias amor, por tu valentía, por tu coraje y por tu dedicación.

Felices 121 días mi vida.