Despedida
con carta previa de aviso
Lo
último en lo que piensa uno al conocer a alguien es en terminar escribiendo una
carta de despedida.
Mi
querido 18 de noviembre. Tienes aquí presente a ese otro yo que recuerda entre
suspiros todo lo que fuimos. Y por cuestiones de desajuste ese otro yo, viene a
despedirse con la mano en el corazón. Y digo desajuste porque si acariciamos a
la sinceridad, nuestros pasos estaban coordinados a destiempo. Nunca supimos
seguir el ritmo de crecimiento y avance de la otra. Y si nos la jugamos y
decidimos entrar en detalles enseguida sabremos llegar a la conclusión exacta,
de porqué ese destiempo.
Teniendo
en cuenta todo el camino que hemos recorrido todos estos años, podemos decir
que ambas pasamos por baches muy hondos, que al caer nos llegaron a raspar el
corazón más de lo que nos hubiera gustado. Ambas tenemos púas clavadas en el
alma de tanto abrazar cactus. La diferencia es que a la hora de seguir
caminando, mis piernas vienen pisando fuerte y sin miedo de volver a tropezar,
porque cada derrota esconde una victoria. Mi alma solo conoce una manera de
sacarse esas púas y es sumando experiencias que la hagan sentir viva. Mi
corazón solo sabe sanar esos rasguños si decide vendarlos con pasión y ganas de
hacer temblar a todo el que se acerque a él, latiendo más fuerte que ayer. Sin
embargo, tus piernas son muy conscientes de lo que duele una caída y por eso
caminan despacio. Tu alma es de sacar esas púas en base a paciencia y calma no
sea que se parta alguna y quede a medias
clavada en ti. Tu corazón sabe que latiendo más fuerte corre el riesgo de abrir
heridas. Y no te culpo. Aquí ninguna de las dos tiene culpa de caminar tal y
como aprendió.
A
pesar del desajuste de velocidad intentamos no soltarnos la mano. Al principio,
cuando decidimos avanzar al lado de la otra llevábamos un buen ritmo. Todavía
recuerdo entre suspiros de melancolía todas nuestras conversaciones a miradas;
todos nuestros ojalás que tanto prometían; toda nuestra ilusión por habernos
encontrado, por habernos querido con aquella fuerza.
Pero
evidentemente nuestra forma de latir venía avisándonos de que poco duraría todo
aquello. Nos acabamos alejando la una de la otra, e incluso desgastando y
perdiéndonos a nosotras mismas entre tanto recuerdo de lo que llegamos a ser.
Simplemente, tuvimos que ser, pero tan solo los instantes previos a tener que
ser sin la otra.
Debo
confesarte que he encontrado a alguien sin querer queriendo. Y digo encontrado
porque esa mujer camina pisando tan fuerte que mi alma supo sentir como
temblaba el suelo a cada paso que daba. Decidí seguir aquellos temblores y me
topé con una mujer que le enseño a su corazón sanarse a base de latir cada vez
más fuerte. Y para lograrlo camina como si cada día fuese el último y tuviera
en la palma de sus manos el comerse el mundo. Esa mujer late tan fuerte que fue
llegar y hacerme temblar a mi. Esa mujer es de admirar y querer a rabiar porque
otra forma no admite. O te comes el mundo con ella o ni lo intentes porque
acabas atropellado.
Fue
precioso y un placer encajar contigo en ese plazo corto de tiempo, pero no
estábamos destinadas a ser. Y ha llegado la hora de que me despida y acepte de
una vez que fuimos eso como a la estrella que nos pedí, fugaces.
Ojalá
a base de paciencia y calma, tal y como sabes, sepas alcanzar todas tus metas.
Me
despido con todo el cariño y gratitud del mundo.
Hasta
siempre.