Revolucionamos
al amor.
La mañana del 30 de
abril, fue la mañana en la que nos conocimos y la mañana en la que justo un año
después, ella abandonaría este mundo. La vida jamás te advierte sobre las consecuencias
de conocer a una persona tan importante como lo llegó a ser ella, tampoco te
advierte sobre el límite de felicidad que te otorga y una vez lo hayas gastado,
llega tu hora. Olvídate de la palabra amor, lo nuestro, lo que tuvimos ella y
yo no se parecía en lo mínimo al amor. Lo nuestro era el conjunto de una
amistad eterna, de un amor de verano y por supuesto de dos corazones que se
amaban con locura, tal fue esa locura que cada vez que estábamos lejos una de
la otra, sentíamos aquel vacío que siente cualquier persona al perder a alguien
querido. Supongo que en ese tiempo viví todo aquello bueno que la vida había
preparado para mí, por eso me la arrebató, porque la felicidad nunca es eterna
y nunca se hace corta. Con ella viví
todos aquellos besos de buenas noches, todas aquellas caricias que subían la
temperatura de nuestro hogar y todo aquel amor que hubiera frenado cualquier
Guerra Mundial. Lo nuestro fue tan intenso que hasta nos dolía tanta felicidad,
que hasta acabamos revolucionando al amor.
Es increíble como en un
año, nosotras gastamos toda nuestra alegría, pero por desgracia en el
aniversario del día más extraordinario, supimos que fue así. Y te preguntarás
cómo es que yo aún puedo respirar para escribir estas palabras… Tengo que
contarte que, pusimos a la vida celosa, la mismísima vida nos tuvo envidia,
tanta, que decidió dejarme vivir con la amargura y la agonía de estar sin el
amor de mi amada. He de admitir que fue inteligente haciendo eso, la vida sabía
que en los años que me quedaban de vida yo jamás volvería a ser feliz, ya que
el único ángel que había en el mundo, se desvaneció. El dolor que sentí cuando ella me fue
arrebatada simplemente no se podía comparar con nada, porque quizás, eso que
sentí, superaba la palabra dolor.
En el día de su funeral
solo acudí yo, ya que decidí no invitar
a nadie, aún no estaba preparada para que me dieran el pésame de su ida. Estuve
ahí un día entero, le canté con aquella guitarra que ella tanto gustaba, nuestra
canción favorita, aquella con la que nos conocimos… Esa es otra historia que ya
te contaré. Mientras cantaba la lluvia no cesaba, los ángeles lloraban su ida,
y yo con ellos, también. La tristeza y
la rabia me invadían... Tristeza de su ausencia, dios ese dolor, ese dolor no lo podía parar con nada… Y rabia de que la
vida se haya salido con la suya. Lo admito, la vida es lo más cruel y a la vez lo más bonito
que te pueden regalar. Sé que cuando
termines de leer esta pequeña pero gran historia de “amor” quieras conocerme,
lamento tener que contarte que no podrá suceder, ya que no estaré aquí, sino allí, con mi dulce amada,
volviendo a sentir el calor de sus abrazos, riéndonos de como al fin y al cabo
la vida no se salió con la suya, simplemente sin darse cuenta, la jugada le salió mal, ya que nos acabó
otorgando la vida eterna una con la otra, la oportunidad de seguir
revolucionando al amor, pero lejos de aquí.
Atentamente, un corazón herido,
pero feliz.
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